sábado, septiembre 20, 2008

El parque vertical

Iñaki Ábalos 20/09/2008

Lo que entendemos por parque nace en el momento en el que alguien traza un camino sinusoidal atravesando un fragmento virgen de naturaleza y descubre lo atractivo que es conseguir que nunca coincidan las direcciones del ojo y los pies, que los caminos rodeen el objeto de la visión y construyan una escenografía de la mirada y un ballet con la motricidad del cuerpo. Éste es el principio elemental, bidimensional, de un interés por la "experiencia" que se inaugura entonces como tema de orden estético, como una nueva forma de belleza que cien años después la modernidad reelaboró introduciendo esos caminos en los edificios -Le Corbusier los llamó acertadamente promenades architecturales y con ellos atravesaba sus proyectos que se convertían así en naturalezas muertas cinemáticas, encontrando un duplicado del jardín pintoresco en el interior de sus arquitecturas (las ventanas-paisaje unían y separaban ambos, al exterior los jardines enmarcados, al interior las naturalezas muertas cubistas, haz y envés de una concepción que ampliaba a tres dimensiones el ballet y la escenografía sinusoidal)-.

Hoy, las formas sinuosas más complejas han entrado a formar parte de la arquitectura y el paisajismo incorporando nuevas referencias plásticas, nuevas técnicas y materiales, nuevos paradigmas científicos y nuevas "dimensiones", pasando éstas a cuatro con la incorporación del tiempo como instrumento de proyectación. Aún está por escribir la historia de esta línea elemental pero también está aún por imaginar lo que semejante expansión de sus posibilidades espacio-temporales puede dar de sí en el futuro próximo. Algo conoceremos si miramos al lugar en el que surgen las ideas, esas incubadoras que son las Escuelas de Arquitectura. La línea sinusoidal inaugurada por los primeros autores pintorescos recibe en ellas, de forma inconsciente, una atención y una evolución vertiginosas. Vayamos donde vayamos, sea cual sea el país o el profesor, la escuela o la tendencia dominante, los futuros arquitectos ensayan y repiten casi al unísono un mismo gesto aún frustrado, casi nunca exitoso, pero con esa obstinación que sólo da el estar abducido por una idea que "hay" que hacer, y que va consolidándose así como necesaria. Y lo que se modela con esta reiteración es algo que difícilmente puede catalogarse en los compartimentos de la "arquitectura" o del "paisaje", porque busca obstinadamente fundir ambos, enroscarse formando hélices o nidos o tornados, construir una entidad híbrida, de nuevo cuño, vertical, que sólo la inercia nos permite llamarla momentáneamente aún construcción vertical o "rascacielos". Esta "entidad" vertical es una amalgama, un material a la vez natural y artificial, que busca tecnificar su hilazón sinusoidal para construir una experiencia análoga a la que nuestros maestros modernos llamaban parque, espacio público, ágora. Al enroscarse genera una naturaleza diferente, cuya manipulación permite construir programas híbridos de ocio y productivos, a la vez ecosistemas, parques naturales, parques temáticos, laberintos, granjas agrícolas y ganaderas, parques energéticos; "entidades" autosuficientes y abiertas, que utilizan el viento, el agua, la luz o la tierra como material de construcción activo, capaz de generar recursos públicos y económicos.

Esta amalgama vertical es en definitiva un nuevo parque ajustado a una nueva percepción y a una nueva noción de ocio, una entidad que permitirá establecer nuevos diálogos entre los humanos y los no humanos, levantar un nuevo "parlamento de las cosas", para utilizar la expresión de Bruno Latour. No es difícil vaticinar que veremos esta idea construida en pocos años, como resultado actualizado de un artificio proyectual con más de 200 años. El último parque será vertical, se construirá en todas las grandes metrópolis y dará nueva vida al paisajismo como disciplina del espacio público y el medioambiente.

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El lado oscuro de la arquitectura

Propuestas sostenibles, algún dislate y necesarias dosis de realidad, en un recorrido por una Bienal de Venecia llena de preguntas sobre el futuro

ANATXU ZABALBEASCOA - Venecia - 19/09/2008

El lado oscuro de la arquitectura es la ambigüedad. En el mejor de los casos, porque se convierte en una puerta abierta a la interpretación y, en el peor, pretende engañar. Así, el "más allá de los edificios" propuesto por el comisario de la actual Bienal de Venecia, Aaron Betsky, ha sido interpretado por la mayoría de los países participantes como la exigencia de una respuesta sobre las urgencias de la arquitectura, tan ligadas a las del planeta.

La francesa Anne Lacaton, que un día declinó intervenir en una bienal al ser rechazada su propuesta de emplear el presupuesto en construir un puente en África, sigue creyendo que las bienales son una "pérdida de energía y dinero". Tal vez por eso aplaudió convertir el pabellón belga de esta bienal en un espacio vacío, repleto de confeti, titulado Después de la fiesta. Lo firman Geers y Van Severen. Y algo parecido han hecho otros países, como Japón, donde Junya Ishigami ha levantado invernaderos en torno a un pabellón vacío y caligráfico. Entre vacíos, realismo y filigranas, las dos vertientes de la arquitectura actual se han dado cita en esta undécima edición de la Bienal (que tiene lugar hasta el 23 de noviembre). Una trata de resolver problemas y la otra no cesa de proponer utopías formales y conceptuales. Así, es significativo que el León de Plata se lo llevara Gregg Lynn, la gran promesa de la arquitectura digital, por fabricar muebles supuestamente reciclando juguetes pero, en realidad, decapitándolos para que parezcan reciclados. Todo un signo del final de la fiesta.

En el Arsenale, donde exponen los arquitectos seleccionados por Betsky para ilustrar su tesis, Zaha Hadid presenta sus muebles fluidos que funcionan como arquitecturas. Otros autores de formas sinuosas, los neoyorquinos Asymptote, exponen "prototipos de futuro", "casas para el subconsciente". Y Víctor López Cotelo, que muestra su reconversión de una fábrica de curtidos en el pabellón de España, comenta que "las casas deben pensarse para el presente si quieren llegar al futuro".

Pero no todos opinan lo mismo. Los holandeses MVRDV están detrás del Skycar City, "una ciudad que libera al urbanismo de la incomodidad del plano" y en la que los coches circulan... por el cielo. En esa línea, el valenciano Vicente Guallart pone una vela a Dios y otra al diablo cuando propone un vistoso "hiperhábitat" en el que "la interacción de objetos con microordenadores puede programar el mundo", dice. Y se pregunta si el planeta podría resistir otro siglo XX. ¿Cómo han respondido las estrellas arquitectónicas a la provocación de Betsky? Con la fórmula mágica, y nada fácil, de nadar y guardar la ropa. Hay quien lo consigue. El octogenario Frank Gehry, que recibió el León de Oro a su trayectoria, sostiene que "la arquitectura existe antes, durante y tras la construcción". También los suizos Herzog & de Meuron (con Ai Wei Wei) saben hacer equilibrios. Como su arquitectura, su respuesta es sutil. En el corazón del pabellón de Italia tienen instalada una hermosa estructura de bambú de la que brotan sillas. Lo tiene todo: es escultural y espacial, habla de tradición pero no es convencional.

Los comisarios españoles Ángel Fernández Alba y Soledad del Pino también contestan a Betsky eligiendo la obra de arquitectos discretos: Llinás, Clotet, Picado y de Blas, Navarro o el propio Cotelo, y las propuestas de jóvenes. "La ironía no se pasa, pero el chiste sí", comentan.

La propuesta de mayor calado podría estar en el pabellón británico. Cinco arquitectos, de Tony Fretton a Sergison Bates, responden a las especulaciones con la realidad de viviendas públicas. Denise Scott Brown, invitada estelar, lo explica así: "Una enorme preocupación por dar cobijo a los pobres sacará a los arquitectos de la arquitectura y los llevará a la economía y a la política", vaticina. En el pabellón de Francia echan mano de Camus: "La generosidad hacia el futuro consiste en darlo todo al presente". Y dedican su pabellón a lo inesperado: un jardín en la azotea, pequeñas alegrías en lugar de grandes soluciones. Más allá de la arquitectura, la política también pasea por Venecia. Con el lema "Venezuela construye una esperanza", el antiguo pabellón de Carlo Scarpa queda oculto tras paneles que explican la mejora en el nivel de vida de los venezolanos. Contrastan con la información que dan los ex residentes cuando aseguran que Chávez ha eliminado la clase media y se dedica a repartir azúcar, como un señor feudal. El pabellón de Polonia, que explora "la vida después de los edificios", recibió el León de Oro. Y López Cotelo resumió esta edición con esperanza: "A través de lo negativo llegamos a lo positivo".

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¿Reprogramando la ciudad?

JOAN SUBIRATS 18/09/2008

El título de este artículo puede parecer excesivo, pero he de advertir de que mis pretensiones se limitan a la ciudad, y he añadido prudentes interrogantes. En la Bienal de Venecia de este año, el arquitecto Vicente Guallart, con mucha más valentía que yo y sin interrogante alguno de cautela, ha titulado su instalación Hyperhabitat. Reprogramando el mundo. Mi intención es aprovechar el manifiesto del comisario de la Mostra Internazionale di Architettura que se encuadra en la Bienal, Aaron Betsky, en el que plantea el dilema "edificios o arquitectura", para aportar mi granito de arena a tan ambiciosa tarea.

Por lo que se desprende de los resúmenes de prensa que se han publicado acerca de los objetivos de la Mostra de este año, su planteamiento trata de evitar la tendencia a disociar la labor del arquitecto del entorno en el que se inscribe. Betsky denuncia que la tarea específica del proyecto de edificio, con las limitaciones cada vez mayores que incorporan los códigos técnicos y las condiciones de seguridad e higiene, ha ido reduciendo al mínimo la capacidad de experimentación de la arquitectura con relación a la estructura, a la forma o al espacio. "Una arquitectura que pretenda dar soluciones construyendo es falsa, está muerta. Los edificios son la tumba de la arquitectura". Como provocación no está nada mal, y de alguna manera se alude y se critica la moda de contratar arquitectos que dejan caer sus edificios en una ciudad o espacio con una lógica autista, indiferente a su entorno.

El problema es descubrir cuáles serían las salidas a esa hipotética parálisis autocontemplativa. Y por lo que aparece en los medios acerca de las propuestas recogidas en la Mostra veneciana, no podemos ser demasiado optimistas. Por una parte, se exploran diseños de interiores, de objetos, de muebles. Por otra, se apuesta por la interconectividad entre los espacios construidos y el mundo exterior. En la propuesta de Guallart, todos los objetos de las seis viviendas para jóvenes, con un macroespacio compartido, disponen de equipamiento electrónico, que les permite comunicarse entre ellos y con el exterior. El crucifijo con el Vaticano, la bombilla con la central nuclear. Y como afirmó Guallart al respecto, la paella con los potenciales interesados en su ingesta inmediata o la postergada de los restos que acaben sobrando. El objetivo aparente sería avanzar en la optimización de servicios y la autosuficiencia de cada pieza y de la vivienda en su conjunto, "en pos de una mayor eficacia, del ahorro energético, de una mayor interacción social, de un mundo más humano". El objetivo es ambicioso, ya que nada más y nada menos se quieren sentar las bases de una nueva organización mundial.

Simpatizo con la incomodidad que producen esos edificios icónicos convertidos en la expresión más evidente e hiriente de una arquitectura al servicio del marketing de ciudades, de la ciudad espectáculo o de la "ciudad de pensamiento único", en afortunada expresión de la urbanista brasileña Erminia Maricato. Y concuerdo con la necesaria búsqueda de espacios que permitan encontrarnos. Pero lo menos que se puede afirmar es que la propuesta de Betsky está llena de contradicciones, al plantear este tipo de dilemas invitando a "repensar el mundo" a arquitectos como Frank Gehry o Zaha Hadid, que más bien parecen representar la tendencia que se discute. Frente a las dinámicas económicamente hegemónicas, en las que se prima la hipermovilidad de unos cuantos (los frequent flyer class) y al mismo tiempo el repliegue defensivo del lugar en el que tratan de refugiarse, deberíamos poder postular políticas e intervenciones urbanas que traten, al mismo tiempo, de constituir un lugar común (de todos y para todos), la mayor facilidad para la movilidad colectiva (evitando el sentido de clausura, de exilio de la periferia) y la capacidad de gobierno conjunta de esos espacios compartidos. Y para ello hemos de superar esa visión estrecha que prima los lugares físicos y la ornamentación sobre las personas, y que acostumbra a dar por supuestas las prácticas o relaciones sociales a partir de lo construido.

Esa "ideología espacialista" (como dice Olivier Mongin) ha tratado de defender la idea que la clave de la convivencia estaba en el diseño de los lugares, en la combinación de edificios y flujos. Y sin restarle importancia al tema, deberíamos reivindicar la aceptación de una mayor complejidad conceptual y operativa. Para que los ciudadanos puedan hacerse suyos esos lugares, deben poder practicar en ellos su autonomía, ejercitar su diferencia, hacer reales las posibilidades de solidaridad e igualdad. Y sin empleo, sin formación, sin condiciones dignas de habitabilidad, sin transportes adecuados, sin salud o sin seguridad, ello se hace muy difícil. ¿Se puede reprogramar el mundo sólo desde la arquitectura? Necesitamos espacios, pero espacios practicados, espacios conquistados y vividos. Y espacios conectados. La condición de movilidad para todos es hoy esencial. Sin movilidad ya no podrá haber lugares. Una de las formas más evidentes de desigualdad social en la actualidad es precisamente las grandes diferencias que se generan en la capacidad de moverse, de desplazarse, de salir y entrar. Buscamos sitios en los que permanecer y vivir, pero también sitios de los que salir.

No acabo de ver (quizá por mi propia incredulidad ante esos ejercicios elitistas de aparente renovación conceptual que acaban cayendo en los propios vicios autistas y esteticistas que aparentemente denuncian) que las propuestas de la Mostra de Venecia apunten en esa dirección. Lo que necesitamos es conceptualizar y materializar nuevas aproximaciones a los problemas urbanos (sostenibilidad, inclusión social...) y hacerlo no con una estricta mirada disciplinaria, sino con diálogo y la puesta en cuestión de los parámetros que hasta hoy han impulsado la construcción de la ciudad. Y en un plano más operativo, no podemos desvincular esas reflexiones de la existencia de conflictos, de la necesidad de plantearnos nuevas formas de gobernar las ciudades. Una agenda urgente y exigente de nuevas políticas urbanas y sociales en la que la arquitectura, con sus espacios, edificios y capacidad reflexiva, debe estar presente, en diálogo con muchos otros actores y colectivos.

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Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB

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